Las crónicas de Kai’Len Capítulo I Parte 3

Al fin después de un largo tiempo inactivo vuelvo a escribir, tengo la intención de volver a ponerme con el blog, empezando por publicar el final del primer capítulo de esta historia. Espero que disfrutes de esta tercera parte, esperando la cuarta y última parte y recuerda comentar si te ha gustado o quieras compartir algo conmigo.

Para refrescar la memoria dejo el link a la primera parte de este primer capítulo.

Lee la primera parte aquí.

Les deseo una lectura agradable y espero que entretenida. Buen día a todos.

–.–

3

Los dioses no me han abandonado, pienso al contemplar a dos de mis compañeros heridos abalanzarse sobre mi enemigo y verlos caer a los tres en un cenegal, justo antes de que este pudiera llevar a cabo su venganza. Miro los cuerpos caídos, sin poder creerme aún el golpe de suerte que me ha sido concedido. Pese a la superioridad numérica de mis salvadores, el guerrero de la Hermanda Oscura consigue liberarse de ellos con bastante facilidad. Veo sus siluetas contorsionarse a la luz de las llamas, forcejeando con él en un último intento por derrotarle, pero mis compañeros, heridos y débiles, ya no pueden hacer más. El guerrero, tras derribarlos, logra enderezarse a duras penas, teniendo que apoyarse sobre sus rodillas para poder avanzar entre el fango, a causa de las heridas que yo le inflinjí. Lentamente se acerca hacia uno de los caídos y comienza a golpearle. Cada golpe es salvaje y despiadado.

De pronto una sensación familiar regresa a mi cuerpo, despertándome de mi posición de espectador, el Eón ha vuelto. Aún no es una cantidad muy apreciable, pero quizás sea suficiente. Observo a mi alrededor, pero todos los contenedores de agua de mis hermanos de batalla, lucen igual que el mío… vacíos y secos. Sin embargo, mis ojos se posan en mi rival, el cual sigue golpeando sin pausa al pobre guerrero que osó interponerse ante él y su objetivo. Veo sus puños abatirse contra su rostro lleno de sangre y barro, una y otra vez, con cada golpe se elevan en el aire diminutas gotas de agua lodosa. Reacciono entonces ante mi descubrimiento ¡agua!, aunque esta este mezclada con tierra y sea más densa de lo necesario. No estoy convencido de que me encuentre en condiciones para poder lograr lo que me propongo y conozco el alto coste que me supondría hacerlo. Pese a ello y en contra de todo lo que me han inculcado mis maestros, me dispongo a intentarlo.

Me acerco hacia ellos, concentrándome en el cenegal sobre el que se encuentran. Detrás, el fuego sigue ardiendo con fuerza, pero parece haber frenado su avance. Concentro todo mi Eón, el poco que se ha acumulado en mi cuerpo y pronuncio la palabra adecuada.

– ¡Rialu! – siento un dolor leve pero veloz recorrer mi cuerpo, sabiendo que tan sólo es el comienzo.

Mi rival, al reconocer aquella palabra, se da la vuelta con una expresión extenuada y llena de asombro, que poco a poco se va convirtiendo en temor al verme. Me mira fijamente y siento que me lee como un libro abierto. Intenta dirigirse hacia mí y salir de aquella trampa cuanto antes, pero no es el único que se ha dado cuenta de mis intenciones. El segundo de mis compañeros que yacía en el barro, se abalanza sobre sus piernas y lo sujeta entre sus brazos, con las pocas fuerzas que aún le quedan. Agradecido por su ayuda y lamentando no tener el suficiente Eón como para poder acelerar el proceso, prosigo con el ritual.

– ¡¡Rialu, Rialu!! – grito con fuerza.

Gracias a la intervención de mi compañero, comienzo a ver el resultado de mis esfuerzos. El lodo, hasta ahora plácido e inerte, comienza a reaccionar a mi llamado. El dolor que siento en mi interior, antes débil y distante, es ahora como heridas de varias flechas clavándose por todo mi cuerpo. Aún así, intento mantenerme firme, convencido de que no voy a detenerme. Dirijo mis manos hacia mi rival y posiciono una sobre la otra, dejando un espacio entre ellas, el suficiente como para poder ver a mi enemigo a través. La mano superior puesta en forma de garra, desde mi perspectiva, se asemeja a una trampa a punto de abatirse sobre él. El lodo, como si de una marioneta se tratase, copia mis movimientos hasta lograr mimetizar la postura de mis manos, flotando como una nube por encima de mi rival.

– ¡No! ¡No lo hagas! – lo oigo suplicar en el dialecto aleriano, propio de los humanos, mientras mira hacia mí con una mezcla en su mirada de terror y odio.

Pero ya es tarde. Bajo mi mano con fuerza y en el mismo instante en el que mis dos extremidades se funden en un aplauso trágico, la nube de lodo cae con estrépito sobre la cabeza del guerrero, derribándolo contra el charco como a un muñeco inanimado. Soy el siguiente en caer, abatido, de rodillas, recorrido por un dolor intenso e inaguantable, pero ya no hay marcha atrás. Conocía las consecuencias que conllevaba el uso indebido del Eón y a ello debía sumarle el hecho de haberlo utilizado con una cantidad tan reducida del mismo. Cada pedazo de mi piel arde como una hoguera. Siento mis músculos apretándose los unos contra los otros, como si estos estuvieran intentando destruirse a sí mismos. Pese a mis intentos por contenerme, un desgarrador grito de dolor se escapa de mis labios. Mi cuerpo es recorrido por escalofríos y temblores incontrolables, obligándome a caer, apoyándome sobre mis antebrazos. El tiempo parece haberse congelado, como si los dioses hubiesen decidido alargar el momento hasta el infinito, como castigo por mi osadía. El dolor se intensifica con cada suspiro entrecortado que logro realizar y temo no poder soportarlo más, hasta que de pronto, desaparece.

Tras recobrar el control de mi cuerpo todavía adolorido, con aquella sensación de sentir cada parte de mí ardiendo, intento ponerme en pie. Gran parte del dolor ha cesado, pero un temor incierto me invade. Todos mis sentidos estan alertas, sin saber muy bien qué será lo que me aguarda, ya que el dolor es sólo una parte del pago. Miro hacia el cuerpo inerte del guerrero al que acabo de quitar la vida, con su cabeza sepultada bajo una montaña de barro y veo a mi hermano de batalla, justo a su lado, aún con vida y me alegro de haber podido evitar su muerte. Me devuelve la mirada, pero no expresa lo que refleja la mía.

– ¡Hermano! – se exclama él en mi propio idioma, con la voz entrecortada y con espanto grita -. ¡Tus ojos!

No necesito tiempo para comprender sus palabras. Lágrimas espesas se deslizan por mis mejillas y un velo negro, como una densa niebla empieza a oscurecer mi visión. Asustado, pensando que esta debe de der una broma irónica de algún dios, o una advertencia de lo que podría llegar a suceder si volviera a arriesgarme, sin embargo por mucho que el tiempo pase, esta pesadilla no parece tener fin. Hacia donde quiera que eleve mis ojos, todo es oscuridad. Inclino la cabeza, deseando llorar, pero ni siquiera eso se me concede. Lo único que brota de mis ojos, es mi propia sangre. Desconsolado, me lamento por el elevado coste que he tenido que pagar por mis acciones y siento en mi corazón un dolor que ninguna herida hubiera podido provocar.

Inmerso en la oscuridad, oigo a mi compañero balbucear algo incomprensible para mí y luego escucho su cuerpo derrumbarse sobre el barro, tal vez desmayado o quizás muerto… ¿qué importa ya? Ya nada me importa. Lo único que anhelaba, lo único… que me había impulsado a seguir viviendo, ya no estaba a mi alcance. Ya no podría volver a reencontrame con ella, me siento desamparado. Mi dolor, mi ira y frustración emergen en un aullido profundo y desgarrador, el cual me estremece y me asusta, porque ese sonido representa mucho más que la desolación y la angustia ancladas a mi alma. Ese sonido es para mí el símbolo de la rendición… del fin.

–.–

Como siempre te doy las gracias por leer y te invito a mantenerte atento a la última parte de este primer capítulo o a suscribirte para recibir un mensaje cuando lo publique. Te deseo un buen día y hasta la próxima.

 

Las Crónicas de Kai’Len – Capítulo I – Parte 3 – CC by-nc-nd 4.0 – Christophe Herve

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2 respuestas a “Las crónicas de Kai’Len Capítulo I Parte 3

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